domingo, 5 de julio de 2020

Los perros que hablan



Eran las 7 am y Francisco se levantó corriendo, preocupado por haberse perdido algo pero no, no se perdió nada. En el día 335 tras el cambio, todo seguía igual.

Se asomó por la ventana y el cielo permanecía de color rojo escarlata. Ya no había diferencia entre el día y la noche, el cielo era siempre rojo.

Bajó las escaleras y salió al jardín. Saludó a su perro que ahora hablaba perfecto español y éste le contestó amablemente. Luego del cambio, los animales adquirieron la capacidad de hablar con sus dueños, solo con sus dueños. Y los humanos perdieron la capacidad de hablar entre sí. Sólo podían hablar con sus mascotas.

Esa extraña situación (entre todo lo extraño) fue lo más sorprendente de todo para Francisco. Toda su vida había considerado a sus mascotas como parte esencial de su vida , sus compañeros pero siempre dudó sobre si ellos lo querían de la misma forma. Por otra parte, era firme partidario de la necesidad de la palabra entre los seres humanos para sobrevivir. No concebía un mundo sin hablar con los suyos pero ahora ése era el mundo.

Se sentó a tomar café junto a Calvin (su perro) y conversaron de lo usual: la.noche de sueño, el clima, el aburrimiento , etc.  Calvin había asumido los cambios con mayor naturalidad. De hecho, Fran descubrió poco a poco que Calvin lo conocía más de los que él creía y poder expresarlo con palabras había sido una alegría.

Fran se duchó y se vistió para ir a trabajar como siempre. Ahora era una labor extraña porque aquella comunicación normal se convirtió en un proceso mucho más complejo a la hora de expresar los pensamientos y los sentimientos. Se valían de gestos, sonidos, acciones y miradas, miradas muy especiales para transmitir lo que llevaban dentro. Tal y como era la vida de Calvin antes del cambio.

Calvin se quedó en casa como siempre. Corrió, durmió, jugó. Conversó con las mascotas de los vecinos tras los barrotes del jardín y esperó con ansias a Fran, como siempre. Poder hablar no había restado importancia a su relación, por el contrario, la hizo más especial. Si antes sentía que Fran era su manada, ahora creía firmemente que ya eran familia, sangre de su sangre y agradecía al cambio poder expresarlo.

Antes trataba de hacerlo siempre, movía la cola al verlo, lo mordía con cariño como haría con sus cachorros, se sentaba a su lado, le lamía con ternura, lo miraba con devoción pero no sabía si entendía el amor que sentía.

Calvin llegó muy pequeño y triste a casa, era un cachorro separado de su madre y hermanos y se sentía muy solo. Al llegar a casa de Fran agradeció que lo mirarán con amor, le dieran calor cuando hacía frío, le alimentaran con cuidado. Se sintió parte de algo más grande que una manada, una familia.

Francisco regresó a las 6 pm como siempre, cansado. Al llegar, conversó con Calvin  como en los últimos 300 y tantos días. Le confesó sus temores ante los nuevos retos laborables y el miedo de que los demás no entendieran lo que quería decir y Calvin, sabiendo de corazón lo que se siente , lo confortó y le aseguró que si lo hacía de corazón y con mucho empeño, verían todo lo que quería que vieran, aunque no lo dijera.

A medianoche se escuchó un gran estruendo, el cielo se iluminó y todos salieron a la calle, atemorizados. Ante la incertidumbre, alguien gritó y todos pudieron escucharlo y los perros comenzaron a ladrar ante su propio asombro. El cielo se volvió negro y lleno de estrellas otra vez. El mundo al fin regresó a ser lo que era antes del cambio o al menos eso parecía.

Calvin sintió angustia al pensar que perdería su relación con Fran al no poder hablar con él pero descubrió que ya no eran los mismos, el vínculo que había crecido no iba a retroceder y ahora, ambas miradas se entendían más allá de las palabras.

Francisco agradeció poder hablar con los suyos nuevamente pero descubrió que ya las palabras no eran suficientes. Necesitaba de todos aquellos gestos y miradas ejercitadas durante tantos días para comunicarse. Ya no eran los mismos pero se sentia mejor, un mejor ser humano, alguien que tenía más que dar ahora.

No volvieron a la normalidad porque ya nada volvería a ser igual. Llegaron a un nuevo punto dónde se veían con ojos distintos, dónde la comunicación y el amor no solo eran palabras sino gestos, dónde no solo era de humanos sino de mascotas y sus dueños. Un mundo donde el amor cambió de cara.

El cambio al final fue lo mejor que les pudo pasar y ahora Calvin y Fran viven más unidos que nunca. Se sienten iguales de alma y corazón. En el nuevo mundo.


miércoles, 1 de julio de 2020

Y si el apocalipsis llega mañana ¿Cómo te encontrará?




Ayer estaba viendo Dark y una frase se me quedó grabada. Decía algo más o menos así: no importa las decisiones que tomes, tu destino será el mismo. No buscas tu destino. Él te encontrará.

Me quedé reflexionando sobre eso, más ahora que el destino pareciera obligar a todos a encontrarlo sin lugar a escondite y pensé ¿Y si al final es así? ¿Si no hay opciones ni caminos alternos sino misiones a cumplir y lo serán por encima de todo? ¿Qué nos queda?.

Si esa fuera la opción tras bastidores, lo ideal entonces sería vivir la vida a fondo, sin tapujos, sin pausas. Disfrutar todo, experimentar con la curiosidad a flor de piel. Ir más allá de lo pensado porque no habría nada que pese, que desvíe, que cambie. Lo que ha de ser será .

Y muchos me dirán que esa es la mejor manera de vivir pero también es cierto que la sociedad nos orienta diariamente a trabajar, vivir, respirar tras un objetivo que no es necesariamente la felicidad sino el éxito que no es lo mismo. Vivimos rodeados de mensajes del "deber ser" , de lo que debemos aprender, estudiar, comprar, etc. Mensajes de quién es el ser humano que debemos ser como adultos, el padre o la madre ideal, el hijo perfecto, el mejor trabajador y nuestras acciones se rigen, en gran parte, por esos mensajes, aunque no nos demos cuenta.

Buscamos la carrera con más éxito y rentabilidad en el mercado, le ofrecemos a nuestros hijos el mejor colegio para alcanzar las mejores oportunidades a nivel universitario, nos preparamos para destacar y posicionarnos ...pero ¿Qué perseguimos al final? ¿Éxito o felicidad? ¿Y si después de todo, lo único real es el viaje a ese destino indetenible? ¿Qué nos quedará el día que cerremos nuestro ciclo?

La serie me ha llevado a pensar en todas las variantes posibles  de mi propia vida de acuerdo a posibles decisiones y a evaluar sí, habiendo tomado la decisión que fuera me tocara estar aquí en el mismo punto ¿Qué es lo único que desearía tener para el día que mi destino me encuentre?


Por ahora, solo querría haber amado a fondo a mis seres queridos, haber explorado todas mis posibilidades creadoras, aún cuando no figuraran en la lista de "acciones altamente rentables" en el mundo de hoy. Quisiera haberme arriesgado a ser más feliz de lo que he sido con los momentos diarios. Quisiera que el apocalipsis me encontrara sin estrés, sin angustia, sin vacíos, no importa el camino que hubiera elegido en mil puntos distintos. Quisiera que me encontrara siendo solo yo y con una paz inmensa para decirle: estoy lista.

Y tú ¿Has pensado en qué harías si el destino fuera un punto de llegada ineludible y el apocalipsis es inminente? 



sábado, 20 de junio de 2020

Quienes somos tras el encierro





Hace aproximadamente tres meses, comenzó el largo proceso de cuarentena que nos ha traído hasta el día de hoy. El mundo se detuvo y pareciera que nos obligó a todos a detenernos con él, bajarnos del vehículo y ver, sin filtros la realidad que nos rodea y, lo más duro, la realidad que llevamos por dentro.


Al principio, el miedo y la incertidumbre guió la mayoría de nuestros pasos. Yo miraba asombrada como todo lo importante hasta ese momento dejó de estar en primera plana. Por primera vez, el tiempo ya no era oro, o no lo era en el sentido en que lo habíamos concebido siempre. Pasó a ser un concepto relativo. Ya lo más importante no era convertir el tiempo en dinero, sino convertirlo en vida y no solo en la nuestra, sino en la del que estaba a nuestro lado, aquel que a lo mejor ni conocíamos.



Leímos, aprendimos, investigamos sobre aquel virus que con solo el miedo nos detuvo y nos encerró y cuando ya supimos lo suficiente, empezamos a vernos en el espejo. A lo mejor con temor, muchos casi sin reconocerse porque hacia mucho tiempo que no se veían a sí mismos. Otros empezamos a desempolvar nuestra propia vida en parte, esos espacios que en medio de la carrera contra el tiempo habíamos dejado a oscuras y ahora, con tanto tiempo de sobra podíamos redescubrir. Todos con el asombro de un niño que descubre sus manos.



Han sido días complicados. Llenos de emociones bonitas y otras no tanto. Unos acompañados, otros solos. Familias derrumbando muros, descubriendo grietas, tratando de sanar y crecer en este tiempo. Rodeados de la angustia que nos ha dejado la incertidumbre de no saber quienes seremos en el futuro a corto plazo, como vamos a vivir, cuál será el mundo entonces.



En unas partes del mundo, comienzan a salir, a recuperar su vida o a construir otra nueva. En otros, estamos en medio de la tormenta todavía pero pujando ya por llegar al destino porque hay necesidades que se imponen. 



El aprendizaje en este tiempo es invaluable probablemente, no nos daremos cuenta de todo lo aprendido hasta dentro de mucho. Hemos cambiado, aunque no lo creamos, aunque digamos de la boca para afuera que seguimos siendo los mismos pero no es así. Somos otros. Rompimos el capullo y vamos saliendo, cada uno a su ritmo pero nunca los mismos.



Cerramos ciclos, evaluamos afectos, proyectos, carreras. Lloramos pérdidas. Decidimos aprender de nuevo para ser otros más adelante. Enfrentamos sentimientos que desconocíamos. Descubrimos manos amigas donde no lo imaginábamos. Nos vimos fuertes cuando pensamos que no lo seríamos y débiles en donde juramos ser reyes. Cambiamos. Quebramos. Crecimos.



Ahora es nuestra decisión hacer algo bueno con todo lo vivido. Somos nosotros los que decidiremos si esto será bueno o malo al final. No es la experiencia sino lo que hacemos con ella. 



Por mi parte, me tocó quitarme otra capa de piel en los últimos meses, muchos más que la cuarentena. Regresaré a escribir, otra forma de vida sin duda.



Aquí los espero siempre.


viernes, 12 de enero de 2018

Vivir es un arte

Vivir no es una simple práctica que se adquiere de manera silenciosa o sin colocarle empeño. Es un arte delicado, con miles de variables y caminos que le dan un vuelco a cada minuto. Requiere dedicación, empeño, el deseo profundo de hacerlo bien y curiosamente, es un arte sobre el que pocos se afincan y, peor aún es un arte acerca del cual los padres no siempre entienden que debe ser transmitido a los hijos como parte del legado de la crianza.

Vivir o mejor dicho, vivir bien se ha encerrado en nuestra sociedad actual alrededor del alcance de logros que pueden ser traducidos en bienes materiales o que, en su defecto pueden ser cuantificados de acuerdo a un status alcanzado en un punto cualquiera. Para muchos una buena vida se resume en estudiar para lograr un buen trabajo que a su vez les otorgue un nivel de vida cómodo a nivel económico y les permita ser felices. No hay de nada de malo en esta ruta pero preocupa ver que muchos, montados en esa autopista del logro, olvidan el sentido propio de vivir porque no dedican tiempo a experimentar emociones, disfrutar de sus experiencias o compartir tiempo si no es algo que se amolde al logro económico.

Veo gente que nunca haría un curso de cocina, por ejemplo aunque les encante cocinar porque no es algo que pueda darles dividendos económicos en el futuro y prefieren "orientar sus esfiuerzos y fondos a cursos que les ofrezcan mejoras salariales en el futuro". Otros no se permiten un viaje de placer (aunque puedan costearlo), una buena comida con gente querida, un rato de descanso con un buen libro porque lo consideran pérdida de tiempo. Lo ven como cosas eventuales que disfrutarán cuando alcancen el nivel por el que luchan día a día. La pregunta es ¿podrán disfrutarlo? ¿Llegará "ese día" y estarán en condiciones? 

Más preocupante aún es observar a padres llenar el día a día de sus hijos de miles de actividades, orientadas a un futuro X, sin dejar tiempo siquiera al disfrute propio de la infancia. Son niños que no conocen lo que es hacer amistades en ambientes no controlados y de forma espontánea. No entienden como se puede jugar fútbol sin el entrenador y hasta violando las reglas por puro placer de jugar. O como es posible llegar una tarde a casa, luego del colegio y, una vez cumplidas las tareas diarias ver su programa favorito, jugar con sus juguetes o leer un libro. Entran y salen de actividades que , a veces ni ellos escogieron pero que están dentro del plan de vida determinado por sus padres. 

Vivir no es sólo prepararse para producir. Vivir visto desde mi óptica es prepararse para ser feliz en cada etapa de la vida, absorber el mayor aprendizaje y seguir adelante con más herramientas bajo el brazo.  

Implica aprender a apreciar el placer de caminar en silencio en la mañana, si contar las calorías quemadas o el tiempo sino hacerlo por puro placer, porque nos gusta.

Se traduce en desarrollar habilidades para defender de manera sana nuestras convicciones y buscar el camino que nos corresponde, no el que la sociedad determine.

Se materializa cuando abrazas a tu hijo cada día a la salida del colegio y le preguntas como le fue, sin juzgarlo, escuchas sus ilusiones y sus miedos y le ayudas a forjar su carácter para enfrentar lo que viene en su vida. 

Es cocinar hasta el plato más sencillo con amor y disfrutarlo.

Es aprender a enfrentar las pérdidas con serenidad y avanzar , a pesar de ellas. Aprender a fluir frente a las dificultades y lo que no podemos cambiar.

Es caminar sobre nuestros errores y corregirlos y hacernos mejores cada día.

Es mirar a nuestra pareja como otro ser humano que también vino sin instrucciones al mundo y se equivoca, y construir con ella un equipo y no un ring de boxeo  donde cada uno apuesta a ganar en su esquina y no juntos. 

Ninguna de estas facetas de la vida requiere preparación universitaria ni vamos a recibir un pago por ellas pero, sin ellas probablemente vivir se hace muy cuesta arriba. Vivir no es un compendio de actividades y logros sino esa sensación de plenitud que se siente muy adentro cuando cierras los ojos antes de dormir y puedes decirte a tí mismo: estoy satisfecho con quien soy y donde estoy y sé que puedo caminar en la dirección que decida porque cuento con las herramientas para hacerlo en mi espíritu.

Sin el espíritu fortalecido, no hay logro que se mantenga ni que nos entregue lo que necesitamos. 

Vivir , al final de todo es alimentar el espíritu. 

Cada día al levantarnos, hagamos el propósito de VIVIR sólo por ese día, que no termine sin que nuestro espíritu haya crecido. Eso es lo único que nos llevaremos y que le dejaremos a quienes amamos.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Yo creo que Frida Sofía si existe

El martes 19 de Septiembre de 2017, un terremoto de 7.1 grados en la escala de Richter sacudió a Ciudad de México con toda su furia posible, derrumbando edificaciones, causando caos, pánico y cobrando vidas por doquier. 

 Una de las edificaciones en ruinas fue la Escuela Enrique Rébsamen, donde quedaron atrapados alumnos, maestros y personal de la misma. Comenzaron las labores de búsqueda y rescate inmediatamente y  comenzó a surgir la historia de que, entre las ruinas se hallaba viva una niña de 12 años de nombre Frida Sofía, atrapada bajo el escritorio de su maestra.


Las redes se hicieron eco de la angustiosa tarea de rescate, se elevaron cadenas de oración por su salvación, se transmitió en vivo desde la escuela y la gente seguía la historia, minuto a minuto esperando en cualquier momento la noticia de que estaba ya afuera, viva con su familia.


Pasadas 24 horas, comenzaron a surgir informaciones contradictorias: sus padres no estaban en el sitio, las maestras no conocían a ninguna niña con ese nombre, y finalmente, el día jueves 21 las autoridades declararon que Frida Sofía nunca existió. Dieron por terminadas las labores de rescate en la escuela y achacaron la historia de la niña a una cadena de informaciones confusas sin base.


Se desató entonces una guerra de culpas en los medios y redes. Unos acusaban a Televisa de inventar la historia para ganar rating, como hizo un periodista en el 85 con la historia de Monchito. Otros, alegaban que si existió la información de parte de algunos rescatistas y autoridades y no entendían por qué lo negaban ahora.


Otros afirmaban que Frida Sofía había hablado y la habían escuchado. Muchas cosas pero ninguna comprobable. Al final, los titulares afirmaban: Frida Sofía nunca existió.


Pero yo difiero de los titulares. Frida Sofía existió y existe. Y existe por todos los sentimientos de solidaridad que despertó, el amor, la angustia. Existe porque miles de padres nos identificamos con la probable angustia de sus padres y volvimos la mirada hacia nuestros hijos con adoración y un instinto de protección aumentado.


Existe porque durante horas, días una sociedad tuvo el corazón en vilo ante la posibilidad de perder a una niña y sentir que fracasamos en la labor de asegurar su vida.


Existe porque alrededor de esa escuela había montones de voluntarios, muchos sin experiencia alguna poniendo lo mejor de si por ella y todos los niños que estaban allí.


Puede que haya nacido de una confusión de información, o de la mala voluntad de alguien de querer ganar fama con un rumor inventado pero, como el Universo es perfecto en su esencia, el malo no entiende que hasta en sus maldades el bien se levanta y una mentira despertó tantos sentimientos y acciones maravillosas que la convirtió en una realidad, superior a lo que esperaba.


Despertó al ser humano, quizás con más fuerza que el terremoto mismo, lo conmovió hasta su corazón. 


Ahora es necesario volver la cara hacia nuestra vida y darnos cuenta de que hay miles de Frida Sofía que necesitan ser rescatadas y no están en las redes. Es la niña cuyos padres no tienen para darle desayuno para la escuela, o la que no puede tener zapatos o útiles. Es la vecina que está enferma y necesita una mano.


Frida Sofía es cada persona a quien podemos ayudar en el camino, en silencio, sin redes, sin glorias, sin fotos en Instagram ni RT en Twitter. Es el amor que podemos entregar y que se multiplica a cada paso.


Frida Sofía nos hizo ser verdaderos humanos por 48 horas. Mantengamos esa actitud para siempre.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Amor de madre

Los pimentones brillaban con luz propia, compitiendo con el blanco de las cebollas y coqueteando con la invitación al beso del rojo de los tomates. Era día de mercado y como cada lunes, Francisca recorrió los pasillos lentamente, saboreando en su mente las obras culinarias que podría desarrollar y respirando con pasión el aroma de las verduras frescas que serían su materia prima.

Repasó con cuidado los platos preferidos de sus amados comensales: sus hijos. A Ana le causaba un profundo placer la ensalada de brócoli con tomates frescos y una pizca de aceite de oliva y vinagre. Desde pequeña, siempre sonreía ante el colorido plato cuando Francisca se lo servía en la inmensa mesa  del comedor en la antigua casa de la esquina de Los Frailes.

Enrique poseía un gusto muy distinto al de su hermana, amaba todo lo relacionado con los frutos del mar y su plato preferido eran los calamares rebozados, de tonalidades doradas que parecían reflejar el sol y olores que lo llevaban a la orilla de la playa siempre. Francisca, por lo tanto procuraba  comprar los calamares más grandes y frescos para cumplir, al menos una vez por semana con aquel ritual culinario.

Mientras hacía las compras respectivas, Francisca se repetía a sí misma la importancia de la familia y, especialmente de los hijos. Dilucidaba sobre el significado del amor materno, la necesidad de mantener un lazo muy fuerte, de acero entre madre e hijos, la urgencia de la cercanía física como rasgo característico de este afecto.

Peleaba en voz baja con las opiniones de sus hermanas, Carmen y Dominga quienes insistían en recordarle la necesidad de salir de vez en cuando de su casa  y dejar que el sol la tostara y retomara los lazos con antiguas amistades, se ocupara en alguna actividad o trabajo productivo y volviera a ser la mujer activa, independiente que era antes de la maternidad, pero no, ella sostenía en su monólogo que ser madre y tener a sus hijos cerca era su labor primaria.

De regreso a casa,  apuró el paso para llegar temprano. Enrique siempre se quejaba del calor si dejaba todas las ventanas cerradas y quería llegar para ventilarla antes del almuerzo. Tropezó en la acera y casi pierde los tomates pero, en un movimiento ágil se incorporó y siguió sin pausa su camino.

Ya en su hogar, procedió a colocar toda su compra  en sus respectivos lugares: las verduras en las cestas, los lácteos y sus derivados en la nevera, etc. Abrió las ventanas, encendió la cocina y mientras sacaba los cuchillos para comenzar la elaboración del almuerzo, escuchó la voz de Enrique y Ana al fondo, quienes reclamaban su presencia. Solo atinó a gritar un ¡Ya voy! Y siguió enfrascada con su cocina, con una sonrisa por el placer que le causaba tener a sus hijos cerca, siempre. No toda madre tenía tanta suerte.

Cortó el tallo del brócoli endemoniadamente verde, lo picó en mini arbolitos y los lanzó al agua hirviendo con sal para ablandar su corazón. Rebanó los tomates, mezcló todo en la ensaladera y la aderezó, tal y como a Ana le encantaba.
Sometió a los calamares a un baño de huevo batido con harina y cerveza para hacer más espumosa su apariencia y los sumergió ahora a un caldero de aceite hirviendo donde se retorcían de forma alegre, conscientes del placer que causarían en la mesa. Los colocó sobre una gran fuente y se sintió satisfecha. Enrique disfrutaría este manjar.

Terminó de cocinar el resto del almuerzo, entre unas papas al vapor y una gelatina de uva solo para romper con ese extraño color, lo clásico del almuerzo.

Salió de la cocina apurada, quería darse una ducha muy corta antes del almorzar. Al pasar por la habitación donde se encontraban Enrique y Ana escuchó un grito y un golpe. Se detuvo a mirar pero al ver como Ana estiraba su mano hacia ella al igual que Enrique, siguió tranquila porque el gesto le indicó, en su mente, que no era nada importante.

Se quitó la blusa sudada del día, la falda y dejó que la ducha se llevara toda la prisa, dejando solo la paz de la limpieza. Se vistió con algo cómodo, colocó las llaves en su bolsillo y salió de su habitación. Una última mirada a la foto colocada sobre su cómoda en un antiguo marco dorado, ya desteñido, donde se podía ver a Enrique, Ana y ella hace muchos años caminando por el parque le provocó una sonrisa nuevamente y un “nada como los hijos cerca”.

Caminó hacia la habitación donde se encontraban Enrique y Ana, emocionada por los platos que les preparó y segura de lo mucho que los iban a disfrutar. Introdujo la llave en la cerradura, mirando a través de los barrotes el rostro de sus hijos. Los ojos muy abiertos la miraban fijamente y ella sintió que seguro era por la emoción de verla. Abrió la puerta y tuvo que detenerse un momento porque ambos corrieron a su encuentro ¡Cuanta emoción en sus hijos! Los sujetó muy fuerte y sintió el latido de sus corazones. Tomo a cada uno de la mano y, como cada día, los llevó al comedor ayudada por aquella pesada cadena que los unía y que arrastraban, paso a paso.

Caminaron lentamente. Sus hijos aun cuando ya eran adultos, por alguna razón eran muy lentos y ella procuraba ayudarlos en su esfuerzo por avanzar. Los sentó a la mesa, uno al lado del otro, tan separados como la cadena lo permitía, pero tan cerca como era posible de ella y les sirvió aquellos exquisitos platos que con tanto amor cocinó.


Enrique suplicó  que los dejara salir y ella, Francisca tuvo que ser un poco dura, como siempre: madre e hijos deben estar  juntos, es una regla, la forma correcta de vivir el amor que los une. Ana lloró en silencio mientras comía. Enrique devolvió la vista a los calamares que lamentaron su suerte y Francisca guardó silencio, sonrió y se volvió a ver con satisfacción un interesante documental sobre las focas leopardos y su extraña afición por comerse sus crías.

domingo, 9 de octubre de 2016

Renacer como el Ave Fénix




Enfrentarse a la muerte no es fácil. Entender que ya alguien no estará y que las piezas de tu vida deben reacomodarse es duro. No saber que hacer con el amor y los recuerdos es aterrador. Pero no habrá experiencia humana, junto con la de tener un hijo que te haga crecer tanto como ser humano.

Cuando alguien que amas muere, te quitas la piel con la que has vivido y te nace piel nueva. Como un gran reptil que cambia de cuero, te deshaces y te reconstruyes con una nueva historia porque esa persona se llevó parte de tu vida y tú te quedaste con parte de la suya.

Cuando alguien que amas se va, aprendes a conservar recuerdos, echar a la basura aquello que ya no hace falta, rabias, rencores, dolores y siembras un jardín en tu alma para que los momentos bonitos crezcan y se mantengan.

Te enfrentas a tu propia mortalidad, a la posibilidad de no estar algún día y lo que eso pueda significar. A la importancia de vivir con fuerza y plenitud, de disfrutar en carne viva.

Navegas unas épocas terribles pero si decides salir victorioso de este trance, empiezas a practicar el desapego aunque suene contradictorio. No es que te apartarás de los que amas pero ya no serás esclavo de los afectos porque entenderás que eso te roba la vida y la vida es limitada.

Apreciarás la luz del día, la noche, la lluvia, la paz, el silencio, lo que está y lo que no. 

Descubrirás colores así como redescubrirás afectos y, en algunos casos desenmascararás envidias y rencores, pero no te angusties. Todo es parte de volver a nacer que es la contraparte de ver morir a otro. Uno muere pero quienes están a su alrededor , renacen de muchas formas.

Vivimos con temor a la muerte y no entendemos que solo la certeza de su existencia nos hace vivir con intensidad y calidad. Sólo saber que el tiempo se acaba nos obliga a valorar el tiempo. 

No hay mañana ni un tiempo perfecto en el futuro. El día y el momento perfecto es hoy y no debemos desperdiciarlo con cargas tan pesadas como la culpa del pasado o el miedo del futuro.

Vive y vive bien que es lo único que vale la pena.