viernes, 22 de septiembre de 2017

Yo creo que Frida Sofía si existe

El martes 19 de Septiembre de 2017, un terremoto de 7.1 grados en la escala de Richter sacudió a Ciudad de México con toda su furia posible, derrumbando edificaciones, causando caos, pánico y cobrando vidas por doquier. 

 Una de las edificaciones en ruinas fue la Escuela Enrique Rébsamen, donde quedaron atrapados alumnos, maestros y personal de la misma. Comenzaron las labores de búsqueda y rescate inmediatamente y  comenzó a surgir la historia de que, entre las ruinas se hallaba viva una niña de 12 años de nombre Frida Sofía, atrapada bajo el escritorio de su maestra.


Las redes se hicieron eco de la angustiosa tarea de rescate, se elevaron cadenas de oración por su salvación, se transmitió en vivo desde la escuela y la gente seguía la historia, minuto a minuto esperando en cualquier momento la noticia de que estaba ya afuera, viva con su familia.


Pasadas 24 horas, comenzaron a surgir informaciones contradictorias: sus padres no estaban en el sitio, las maestras no conocían a ninguna niña con ese nombre, y finalmente, el día jueves 21 las autoridades declararon que Frida Sofía nunca existió. Dieron por terminadas las labores de rescate en la escuela y achacaron la historia de la niña a una cadena de informaciones confusas sin base.


Se desató entonces una guerra de culpas en los medios y redes. Unos acusaban a Televisa de inventar la historia para ganar rating, como hizo un periodista en el 85 con la historia de Monchito. Otros, alegaban que si existió la información de parte de algunos rescatistas y autoridades y no entendían por qué lo negaban ahora.


Otros afirmaban que Frida Sofía había hablado y la habían escuchado. Muchas cosas pero ninguna comprobable. Al final, los titulares afirmaban: Frida Sofía nunca existió.


Pero yo difiero de los titulares. Frida Sofía existió y existe. Y existe por todos los sentimientos de solidaridad que despertó, el amor, la angustia. Existe porque miles de padres nos identificamos con la probable angustia de sus padres y volvimos la mirada hacia nuestros hijos con adoración y un instinto de protección aumentado.


Existe porque durante horas, días una sociedad tuvo el corazón en vilo ante la posibilidad de perder a una niña y sentir que fracasamos en la labor de asegurar su vida.


Existe porque alrededor de esa escuela había montones de voluntarios, muchos sin experiencia alguna poniendo lo mejor de si por ella y todos los niños que estaban allí.


Puede que haya nacido de una confusión de información, o de la mala voluntad de alguien de querer ganar fama con un rumor inventado pero, como el Universo es perfecto en su esencia, el malo no entiende que hasta en sus maldades el bien se levanta y una mentira despertó tantos sentimientos y acciones maravillosas que la convirtió en una realidad, superior a lo que esperaba.


Despertó al ser humano, quizás con más fuerza que el terremoto mismo, lo conmovió hasta su corazón. 


Ahora es necesario volver la cara hacia nuestra vida y darnos cuenta de que hay miles de Frida Sofía que necesitan ser rescatadas y no están en las redes. Es la niña cuyos padres no tienen para darle desayuno para la escuela, o la que no puede tener zapatos o útiles. Es la vecina que está enferma y necesita una mano.


Frida Sofía es cada persona a quien podemos ayudar en el camino, en silencio, sin redes, sin glorias, sin fotos en Instagram ni RT en Twitter. Es el amor que podemos entregar y que se multiplica a cada paso.


Frida Sofía nos hizo ser verdaderos humanos por 48 horas. Mantengamos esa actitud para siempre.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Amor de madre

Los pimentones brillaban con luz propia, compitiendo con el blanco de las cebollas y coqueteando con la invitación al beso del rojo de los tomates. Era día de mercado y como cada lunes, Francisca recorrió los pasillos lentamente, saboreando en su mente las obras culinarias que podría desarrollar y respirando con pasión el aroma de las verduras frescas que serían su materia prima.

Repasó con cuidado los platos preferidos de sus amados comensales: sus hijos. A Ana le causaba un profundo placer la ensalada de brócoli con tomates frescos y una pizca de aceite de oliva y vinagre. Desde pequeña, siempre sonreía ante el colorido plato cuando Francisca se lo servía en la inmensa mesa  del comedor en la antigua casa de la esquina de Los Frailes.

Enrique poseía un gusto muy distinto al de su hermana, amaba todo lo relacionado con los frutos del mar y su plato preferido eran los calamares rebozados, de tonalidades doradas que parecían reflejar el sol y olores que lo llevaban a la orilla de la playa siempre. Francisca, por lo tanto procuraba  comprar los calamares más grandes y frescos para cumplir, al menos una vez por semana con aquel ritual culinario.

Mientras hacía las compras respectivas, Francisca se repetía a sí misma la importancia de la familia y, especialmente de los hijos. Dilucidaba sobre el significado del amor materno, la necesidad de mantener un lazo muy fuerte, de acero entre madre e hijos, la urgencia de la cercanía física como rasgo característico de este afecto.

Peleaba en voz baja con las opiniones de sus hermanas, Carmen y Dominga quienes insistían en recordarle la necesidad de salir de vez en cuando de su casa  y dejar que el sol la tostara y retomara los lazos con antiguas amistades, se ocupara en alguna actividad o trabajo productivo y volviera a ser la mujer activa, independiente que era antes de la maternidad, pero no, ella sostenía en su monólogo que ser madre y tener a sus hijos cerca era su labor primaria.

De regreso a casa,  apuró el paso para llegar temprano. Enrique siempre se quejaba del calor si dejaba todas las ventanas cerradas y quería llegar para ventilarla antes del almuerzo. Tropezó en la acera y casi pierde los tomates pero, en un movimiento ágil se incorporó y siguió sin pausa su camino.

Ya en su hogar, procedió a colocar toda su compra  en sus respectivos lugares: las verduras en las cestas, los lácteos y sus derivados en la nevera, etc. Abrió las ventanas, encendió la cocina y mientras sacaba los cuchillos para comenzar la elaboración del almuerzo, escuchó la voz de Enrique y Ana al fondo, quienes reclamaban su presencia. Solo atinó a gritar un ¡Ya voy! Y siguió enfrascada con su cocina, con una sonrisa por el placer que le causaba tener a sus hijos cerca, siempre. No toda madre tenía tanta suerte.

Cortó el tallo del brócoli endemoniadamente verde, lo picó en mini arbolitos y los lanzó al agua hirviendo con sal para ablandar su corazón. Rebanó los tomates, mezcló todo en la ensaladera y la aderezó, tal y como a Ana le encantaba.
Sometió a los calamares a un baño de huevo batido con harina y cerveza para hacer más espumosa su apariencia y los sumergió ahora a un caldero de aceite hirviendo donde se retorcían de forma alegre, conscientes del placer que causarían en la mesa. Los colocó sobre una gran fuente y se sintió satisfecha. Enrique disfrutaría este manjar.

Terminó de cocinar el resto del almuerzo, entre unas papas al vapor y una gelatina de uva solo para romper con ese extraño color, lo clásico del almuerzo.

Salió de la cocina apurada, quería darse una ducha muy corta antes del almorzar. Al pasar por la habitación donde se encontraban Enrique y Ana escuchó un grito y un golpe. Se detuvo a mirar pero al ver como Ana estiraba su mano hacia ella al igual que Enrique, siguió tranquila porque el gesto le indicó, en su mente, que no era nada importante.

Se quitó la blusa sudada del día, la falda y dejó que la ducha se llevara toda la prisa, dejando solo la paz de la limpieza. Se vistió con algo cómodo, colocó las llaves en su bolsillo y salió de su habitación. Una última mirada a la foto colocada sobre su cómoda en un antiguo marco dorado, ya desteñido, donde se podía ver a Enrique, Ana y ella hace muchos años caminando por el parque le provocó una sonrisa nuevamente y un “nada como los hijos cerca”.

Caminó hacia la habitación donde se encontraban Enrique y Ana, emocionada por los platos que les preparó y segura de lo mucho que los iban a disfrutar. Introdujo la llave en la cerradura, mirando a través de los barrotes el rostro de sus hijos. Los ojos muy abiertos la miraban fijamente y ella sintió que seguro era por la emoción de verla. Abrió la puerta y tuvo que detenerse un momento porque ambos corrieron a su encuentro ¡Cuanta emoción en sus hijos! Los sujetó muy fuerte y sintió el latido de sus corazones. Tomo a cada uno de la mano y, como cada día, los llevó al comedor ayudada por aquella pesada cadena que los unía y que arrastraban, paso a paso.

Caminaron lentamente. Sus hijos aun cuando ya eran adultos, por alguna razón eran muy lentos y ella procuraba ayudarlos en su esfuerzo por avanzar. Los sentó a la mesa, uno al lado del otro, tan separados como la cadena lo permitía, pero tan cerca como era posible de ella y les sirvió aquellos exquisitos platos que con tanto amor cocinó.


Enrique suplicó  que los dejara salir y ella, Francisca tuvo que ser un poco dura, como siempre: madre e hijos deben estar  juntos, es una regla, la forma correcta de vivir el amor que los une. Ana lloró en silencio mientras comía. Enrique devolvió la vista a los calamares que lamentaron su suerte y Francisca guardó silencio, sonrió y se volvió a ver con satisfacción un interesante documental sobre las focas leopardos y su extraña afición por comerse sus crías.

domingo, 9 de octubre de 2016

Renacer como el Ave Fénix




Enfrentarse a la muerte no es fácil. Entender que ya alguien no estará y que las piezas de tu vida deben reacomodarse es duro. No saber que hacer con el amor y los recuerdos es aterrador. Pero no habrá experiencia humana, junto con la de tener un hijo que te haga crecer tanto como ser humano.

Cuando alguien que amas muere, te quitas la piel con la que has vivido y te nace piel nueva. Como un gran reptil que cambia de cuero, te deshaces y te reconstruyes con una nueva historia porque esa persona se llevó parte de tu vida y tú te quedaste con parte de la suya.

Cuando alguien que amas se va, aprendes a conservar recuerdos, echar a la basura aquello que ya no hace falta, rabias, rencores, dolores y siembras un jardín en tu alma para que los momentos bonitos crezcan y se mantengan.

Te enfrentas a tu propia mortalidad, a la posibilidad de no estar algún día y lo que eso pueda significar. A la importancia de vivir con fuerza y plenitud, de disfrutar en carne viva.

Navegas unas épocas terribles pero si decides salir victorioso de este trance, empiezas a practicar el desapego aunque suene contradictorio. No es que te apartarás de los que amas pero ya no serás esclavo de los afectos porque entenderás que eso te roba la vida y la vida es limitada.

Apreciarás la luz del día, la noche, la lluvia, la paz, el silencio, lo que está y lo que no. 

Descubrirás colores así como redescubrirás afectos y, en algunos casos desenmascararás envidias y rencores, pero no te angusties. Todo es parte de volver a nacer que es la contraparte de ver morir a otro. Uno muere pero quienes están a su alrededor , renacen de muchas formas.

Vivimos con temor a la muerte y no entendemos que solo la certeza de su existencia nos hace vivir con intensidad y calidad. Sólo saber que el tiempo se acaba nos obliga a valorar el tiempo. 

No hay mañana ni un tiempo perfecto en el futuro. El día y el momento perfecto es hoy y no debemos desperdiciarlo con cargas tan pesadas como la culpa del pasado o el miedo del futuro.

Vive y vive bien que es lo único que vale la pena.



sábado, 14 de noviembre de 2015

Nadie puede rendirse

Te levantas y con la lonchera en la mano piensas en qué podrías ponerle hoy a tu hijo.  Comprar galletas, hacer arepas con queso o hasta un huevo frito se ha vuelto un acto que debe ser planificado con cuidado en el presupuesto.

Tu esposo ha dejado de tomar café con leche. Se reserva la leche para el cereal de los niños.

La chica que es chef ha comenzado a variar su menú.  Ya hornear perniles o bañar pastichos con salsa bechamel no es una opción del menú semanal. Silenciosamente, se han vuelto especialidades y no por lo exquisito sino por lo difícil de encontrar los ingredientes.

Tu amiga va al taller y le arreglan el carro, en pleno concesionario con pega porque la pieza no se consigue.

Vas al odontólogo,  hay que extraer una pieza pero no hay anestesia.  Si usted la consigue, avíseme y procedemos.

Más abajo en la angustia,  una chica llama a la radio y pide, por caridad si alguien le puede regalar o vender aunque sea una caja de un medicamento para tratar el cáncer de su madre. Está desesperada.

Otra madre pide por WhatsApp a sus amigas para conseguir la válvula para el corazón que necesita la abuela. 

En los límites de la búsqueda de salidas, una madre sale por la frontera para llevar a su hijo a Colombia a estudiar.  Lo deja. Se despide. Se parte por dentro y no sabe cuando podrá volver a verlo y como inmigrante colombiana ha decidido cortar cabos y partir también luego de 16 años en esta tierra. 

Al venezolano le toca enfrentar la crisis más grande de su historia.  No es sólo económica.  La más grande y profunda es la social.  Enfrentarse a una realidad que ha desatado los peores demonios vestidos de bachaqueros,  inspectores que sobornan, empresarios que oxigenan la corrupción a costa del país,  delincuencia y crueldad que develan nuestra pérdida de valores humanos. 

Leemos todos los días sobre la crisis económica,  hacemos cálculos a diario sobre la crisis económica e ignoramos  la crisis social,  afirmando en forma osada, a veces: "cuando la economía se estabilice, todo se arregla".

Pero no, no es así.  Cuatro lochas en el bolsillo no reconstruirán años de indiferencia,  irresponsabilidad y ceguera social.

Como sucede en una familia donde el padre es alcohólico,  la madre se prostituye y los hijos crecen sin control ni valores,  así mismo pasa en el país.  No hay dinero que siembre valores pero si hay valores que llevan a la preservación y uso adecuado del dinero. 

De nada vale un barril de petróleo a 100$, si el venezolano sigue pensando en gastar hoy y mañana veremos. 

De nada valen las arcas llenas, si seguimos entregando la crianza de nuestros hijos al colegio y nuestras familias sólo son hoteles para dormir.  

De nada vale ganar millones, si seguimos comiéndonos la luz, coleándonos, picando la fruta en el super, robando el WiFi,  etc.

Playas, médanos y selvas se ríen de nosotros cuando los nombramos como lo máximo y como nuestro patrimonio porque ellos saben que es al  contrario,  la tierra no es nada sin la gente que le da vida. Por eso la tierra se seca, se estremece y sufre también porque la energía de quienes la habitan se va haciendo oscura y pesada.

Hay venezolanos que se han ido y me alegro por ellos. Espero que los sueños a los que no pudieron darle forma aquí,  puedan realizarlos afuera.

Pero no todos pueden o quieren dejar esta tierra. Yo no puedo y confieso que sólo ahora he deseado hacerlo. Antes, ni soñaba con eso.

Los venezolanos que nos quedamos tenemos que meterle el pecho a esto. Crecer, crecer y mil veces crecer.  Convertirnos cada uno en el país que queremos.  Basta ya de creernos el mejor país del mundo porque,  lamentablemente no lo somos. Somos rehenes de la inseguridad,  la corrupción,  la indolencia y la ignorancia y solo aceptándolo podremos cambiar.

Nos toca ser optimistas pero realmente optimistas. No haciendo un chiste de todo y cayéndonos a palos para celebrar cualquier cosa. Optimistas que tengan planes y visión de país y sean conscientes de su papel y responsabilidad en el pasado, presente y futuro.

Nos toca evolucionar como personas y convertirnos en un mejor ser humano porque si no lo hacemos, estaremos condenados a repetir esta desgracia.

Debemos votar. Convencidos o no. Hay que votar. ¿Qué están preparando la trampa? Seguramente.  No serían quienes son si no lo hacen pero hay que votar.  Dejar de hacerlo es rendirse. Bajar la cabeza. Aceptar que ya no hay nada por que luchar.


Yo el 6 de Diciembre voto. En contra de este desastre.  En contra del horror que vivimos.  Y todo el que no está a gusto debería votar.  Vote sin mirar si es que los candidatos de la oposición no lo convencen. Así lo haré yo pero vote. Por sus hijos, los míos,  por todos, vote.  Porque ya llegamos hasta aquí y, en este punto no nos podemos rendir.

sábado, 14 de marzo de 2015

Sobre el acoso escolar

Detrás del acoso escolar hoy día, hay realidades terribles que deben enfrentar las familias tanto del acosador como del acosado. Acosadores que son víctimas de la violencia de su propia familia, ya sea por acción o por simple abandono. Acosados que deben enfrentar el golpe constante a su autoestima que se va resquebrajando y haciéndolos débiles.

El acoso hoy día no es el antiguo chalequeo o chiste: es agresión constante, humillación, amenaza, intimidación. Puede ser directa, a través de las redes, en grupo. Es VIOLENCIA en su más alta expresión llevada a cabo por seres que a veces no alcanzan ni los 10 años de edad.

No desatienda los llamados de sus hijos cuando le dicen: fulano me molesta y usted solo atina a contestar "dale su carajazo para que aprenda" porque usted, cómodamente lo está enviando a ganar una guerra a puños frente a un gigante que lleva una carga de odio y problemas inmensa y lo descarga sobre su hijo.

ESCUCHE, averigue, pregunte. Los amigos de sus hijos le pueden dar información que su hijo calla por miedo. Otros padres le pueden dar indicios de maltratos que usted desconoce. vaya al colegio. EXIJA que velen por la integridad de su hijo y no que volteen la cara como hacen muchos planteles.
Y les digo aquí que no lo hacen porque el acoso no se pueda probar: evitan los procesos legales porque de ahí pueden derivar medidas sancionatorias contra el plantel por negligencia y no les conviene.

Crie a sus hijos con amor, enséñeles a ser tolerantes, sin prejuicios, sin violencia, que aprendan el arte de la palabra para arreglar sus diferencias. Que conozcan sus derechos y los defiendan entendiendo que lo mismo deben hacer para defender a otros en desventaja. Eso no los eximirá de ser víctimas de acoso pero si les dará herramientas para sortear ese episodio con éxito.

Si lamentablemente su hijo resulta ser un acosador: SEA HUMILDE Y RECONOZCALO. Ayúdelo. Su violencia es un grito de ayuda y es su responsabilidad atenderlo. Revise su núcleo. Repare las heridas. Reconstruya a su hijo y usted mismo.

La violencia que nos invade en todos los ámbitos no es más que el signo de lo mucho que nos hemos alejado del camino correcto como sociedad. De lo mucho que hemos abandonado los valores y los terribles errores al criar hijos como matas de caraota, alegando "ellos se adaptan a todo" y pensando que un teléfono, un viaje sanan todo.
Haga su parte. Construya mejores seres humanos desde la cuna.

sábado, 11 de octubre de 2014

Corazones que caminan

Tenía 18 años cuando conocí a Cristina. No voy a negar que me impresionó verla en silla de ruedas con mi misma edad y la vida por delante pero esa impresión se disipó con su sonrisa, ánimo y soltura que me hizo pensar que, sí ella podía pasar por alto ese "detalle" pues yo también.

No sé sí fue en ese momento o como dos horas más tarde que nos convertimos en mejores amigas, hermanas del alma y nació un lazo imposible de romper. Compartimos cualquier cantidad de cosas, desde la cama trasnochadas, pasando por ropa, zapatos, maquillaje y novios.

Inventamos todo tipo de excursión asombrosa y, como todo a esa edad nada nos parecía ni imposible ni peligroso. Desde montar moto (sí, moto...ni pregunten como fue) hasta lanzarnos por un tobogán. Todo entraba en planes.

Reímos juntas, fumamos juntas, tomamos café en exceso, lloramos cuando la situación lo ameritaba y nos consolamos como cachorritos llorones. Escribimos cartas, nos tomamos fotos, etc.

Como todo en la vida, las decisiones hicieron que nuestros caminos se apartaran un poco pero nunca, nunca olvidándonos ni dejando el cariño de lado.

28 años después miro hacia atrás y me doy cuenta de que aquel detalle, el de la silla nunca la detuvo para nada ni la detiene hoy día. Puede que la retrase pero nunca la vence.

La he visto llorar pocas veces por eso y cuando  ha ocurrido sólo he podido ponerme en sus zapatos y entenderla porque su realidad la golpea de frente de vez en cuando y sé que no quiere lastima sino empatía. La fuerza le sobra.

Ser parte de su vida y ella de la mía me ha enseñado que querer es poder. Que las discapacidades son relativas en los seres humanos porque he visto gente en plena forma pero discapacitados del alma.
Aprendí que nada es casual, todo causal y nos encontramos para entender mejor nuestras vidas porque ver el mundo a través de sus ojos es una experiencia única.

Me ha enseñado que el amor propio y la voluntad son producto de la firme convicción de que uno vale, uno puede más allá de la opinión de terceros o, en su caso de un mal chiste de la vida que la puso en esa silla.

Cristina sólo no puede caminar con sus piernas pero con su corazón llega a donde quiera porque allí está su esencia.


La próxima vez que la vida lo coloque al frente de una persona como ella, quítese el sombrero, despójese de la lastima y prepárese para aprender una lección de vida muy valiosa.

viernes, 5 de abril de 2013

La señora Erika



La señora Erika vivía en la planta baja de mi edificio junto con su hija (a quien difícilmente recuerdo) y su esposo de quien guardo su recuerdo claro. Un señor bajito, de traje oscuro que siempre caminaba lento y algo encorvado.

Ambos eran personas bastante reservadas y para una adolescente como yo, parecían más bien duros, hoscos, secos. Tenían un apartamento pulcramente ordenado (me percataba de eso al pasar por su puerta cuando estaba abierta) y su tono de voz europeo,  en un idioma extranjero era ya un sonido familiar para mí.
Vivían allí desde antes de que yo naciera pero realmente creo que me percaté de su existencia cuando ya cerca de los 16 años, la señora Erika era viuda y entonces ocupaba más tiempo que el habitual a vigilar de cerca los pasos de muchos en el  edificio, incluido los míos.

Abría la micro puerta de madera en su puerta principal como en todo edificio antíguo para ver quien entraba y salía, a que hora y con quien y siempre tenía un comentario, tal y como un día me preguntó a donde iba y a que hora pensaba regresar.  Ciertamente me molestaba aquello: ¿qué le daba derecho a espiarnos así sin piedad? ¿Y por qué?

Los días, meses y años pasaron y llegó la furia del tejido a mis manos. Montones de amigas  habían aprendido este arte milenario y yo me moría por hacer y lucir un suéter hecho por mí misma. Apelé a la vecina de al lado, una italiana que sabía tejía para que me ayudara ya con mis agujas y mi  hilo en mano y ella, con su acento  que jamás ha perdido me dijo: Vamos para que Erika te enseñe.

Yo dudé pero era mi deseo de aprender mayor que mis reservas, así que me enfilé con ellas en ese proceso educativo y aprendí mucho más que a tejer. Descubrí que Erika tejía sin ver las agujas, magistralmente y a gran velocidad. Las colocaba cada una bajo sus brazos y comenzaba a tejer sin parar. Sabía todos los puntos, formas, trucos habidos y por haber y no había algo que no tejiera.

En una de esas tardes mientras avanzaba con mi suéter rojo (el único que al final tejí), Erika comenzó a contar como había aprendido a tejer de niña y luego, sin pausa relató como el tejer le salvó la vida emocionalmente a muchas niñas en el campo de concentración donde estuvo durante la Segunda Guerra Mundial.

Me contó que las mujeres hacían agujas con trozos de madera de las paredes de cada barraca donde las agrupaban y hacían que las niñas aprendieran a destejer y tejer nuevamente su ropa para ocupar el tiempo y no perder la razón. Me enseñó su número en el brazo, que se quedó allí por siempre identificándola como una judía más, culpable de nada.

Confieso que en aquel momento me conmocionó, me emocionó y me confundió pero a partir de ese día comencé a mirarla distinto. Empecé a entender un poco más su forma de ser que parecía tan molesta  a veces  y me dí cuenta que un ser humano que sobrevivió a ese infierno tan atroz seguramente necesitaba más del calor humano que cualquiera.

Probablemente, el vigilar al resto del edificio era parte de su necesidad de sentir que vivía en paz  y regañar a los niños era solo un resabio de aquella terrible responsabilidad de proteger niños en ese infierno.

Pasaron los años y ya, estando muy viejita, con andadera y todo seguía vigilante de todo pero ya no me molestaba. Me pedía que a ayudara a caminar un rato en el pasillo y se apoyaba de mi brazo y quería que su hija le comprara mi perfume porque le gustaba mucho ese aroma.

Finalmente, Erika murió tras muchas complicaciones de la vejez y no pude más que sentir que al fin había descansado, se  había ido con su esposo que era su compañero y había dejado este mundo que le marcó en forma indeleble en la piel y el alma con tantos horrores.

Hoy, cuando vivo en un país donde la división se acentúa cada día más no puedo dejar de pensar en ella, las heridas que la división de una sociedad dejaron en su vida y rezo, simplemente rezo porque encontremos una vía para no llegar a eso jamás.