domingo, 9 de octubre de 2016

Renacer como el Ave Fénix




Enfrentarse a la muerte no es fácil. Entender que ya alguien no estará y que las piezas de tu vida deben reacomodarse es duro. No saber que hacer con el amor y los recuerdos es aterrador. Pero no habrá experiencia humana, junto con la de tener un hijo que te haga crecer tanto como ser humano.

Cuando alguien que amas muere, te quitas la piel con la que has vivido y te nace piel nueva. Como un gran reptil que cambia de cuero, te deshaces y te reconstruyes con una nueva historia porque esa persona se llevó parte de tu vida y tú te quedaste con parte de la suya.

Cuando alguien que amas se va, aprendes a conservar recuerdos, echar a la basura aquello que ya no hace falta, rabias, rencores, dolores y siembras un jardín en tu alma para que los momentos bonitos crezcan y se mantengan.

Te enfrentas a tu propia mortalidad, a la posibilidad de no estar algún día y lo que eso pueda significar. A la importancia de vivir con fuerza y plenitud, de disfrutar en carne viva.

Navegas unas épocas terribles pero si decides salir victorioso de este trance, empiezas a practicar el desapego aunque suene contradictorio. No es que te apartarás de los que amas pero ya no serás esclavo de los afectos porque entenderás que eso te roba la vida y la vida es limitada.

Apreciarás la luz del día, la noche, la lluvia, la paz, el silencio, lo que está y lo que no. 

Descubrirás colores así como redescubrirás afectos y, en algunos casos desenmascararás envidias y rencores, pero no te angusties. Todo es parte de volver a nacer que es la contraparte de ver morir a otro. Uno muere pero quienes están a su alrededor , renacen de muchas formas.

Vivimos con temor a la muerte y no entendemos que solo la certeza de su existencia nos hace vivir con intensidad y calidad. Sólo saber que el tiempo se acaba nos obliga a valorar el tiempo. 

No hay mañana ni un tiempo perfecto en el futuro. El día y el momento perfecto es hoy y no debemos desperdiciarlo con cargas tan pesadas como la culpa del pasado o el miedo del futuro.

Vive y vive bien que es lo único que vale la pena.



sábado, 14 de noviembre de 2015

Nadie puede rendirse

Te levantas y con la lonchera en la mano piensas en qué podrías ponerle hoy a tu hijo.  Comprar galletas, hacer arepas con queso o hasta un huevo frito se ha vuelto un acto que debe ser planificado con cuidado en el presupuesto.

Tu esposo ha dejado de tomar café con leche. Se reserva la leche para el cereal de los niños.

La chica que es chef ha comenzado a variar su menú.  Ya hornear perniles o bañar pastichos con salsa bechamel no es una opción del menú semanal. Silenciosamente, se han vuelto especialidades y no por lo exquisito sino por lo difícil de encontrar los ingredientes.

Tu amiga va al taller y le arreglan el carro, en pleno concesionario con pega porque la pieza no se consigue.

Vas al odontólogo,  hay que extraer una pieza pero no hay anestesia.  Si usted la consigue, avíseme y procedemos.

Más abajo en la angustia,  una chica llama a la radio y pide, por caridad si alguien le puede regalar o vender aunque sea una caja de un medicamento para tratar el cáncer de su madre. Está desesperada.

Otra madre pide por WhatsApp a sus amigas para conseguir la válvula para el corazón que necesita la abuela. 

En los límites de la búsqueda de salidas, una madre sale por la frontera para llevar a su hijo a Colombia a estudiar.  Lo deja. Se despide. Se parte por dentro y no sabe cuando podrá volver a verlo y como inmigrante colombiana ha decidido cortar cabos y partir también luego de 16 años en esta tierra. 

Al venezolano le toca enfrentar la crisis más grande de su historia.  No es sólo económica.  La más grande y profunda es la social.  Enfrentarse a una realidad que ha desatado los peores demonios vestidos de bachaqueros,  inspectores que sobornan, empresarios que oxigenan la corrupción a costa del país,  delincuencia y crueldad que develan nuestra pérdida de valores humanos. 

Leemos todos los días sobre la crisis económica,  hacemos cálculos a diario sobre la crisis económica e ignoramos  la crisis social,  afirmando en forma osada, a veces: "cuando la economía se estabilice, todo se arregla".

Pero no, no es así.  Cuatro lochas en el bolsillo no reconstruirán años de indiferencia,  irresponsabilidad y ceguera social.

Como sucede en una familia donde el padre es alcohólico,  la madre se prostituye y los hijos crecen sin control ni valores,  así mismo pasa en el país.  No hay dinero que siembre valores pero si hay valores que llevan a la preservación y uso adecuado del dinero. 

De nada vale un barril de petróleo a 100$, si el venezolano sigue pensando en gastar hoy y mañana veremos. 

De nada valen las arcas llenas, si seguimos entregando la crianza de nuestros hijos al colegio y nuestras familias sólo son hoteles para dormir.  

De nada vale ganar millones, si seguimos comiéndonos la luz, coleándonos, picando la fruta en el super, robando el WiFi,  etc.

Playas, médanos y selvas se ríen de nosotros cuando los nombramos como lo máximo y como nuestro patrimonio porque ellos saben que es al  contrario,  la tierra no es nada sin la gente que le da vida. Por eso la tierra se seca, se estremece y sufre también porque la energía de quienes la habitan se va haciendo oscura y pesada.

Hay venezolanos que se han ido y me alegro por ellos. Espero que los sueños a los que no pudieron darle forma aquí,  puedan realizarlos afuera.

Pero no todos pueden o quieren dejar esta tierra. Yo no puedo y confieso que sólo ahora he deseado hacerlo. Antes, ni soñaba con eso.

Los venezolanos que nos quedamos tenemos que meterle el pecho a esto. Crecer, crecer y mil veces crecer.  Convertirnos cada uno en el país que queremos.  Basta ya de creernos el mejor país del mundo porque,  lamentablemente no lo somos. Somos rehenes de la inseguridad,  la corrupción,  la indolencia y la ignorancia y solo aceptándolo podremos cambiar.

Nos toca ser optimistas pero realmente optimistas. No haciendo un chiste de todo y cayéndonos a palos para celebrar cualquier cosa. Optimistas que tengan planes y visión de país y sean conscientes de su papel y responsabilidad en el pasado, presente y futuro.

Nos toca evolucionar como personas y convertirnos en un mejor ser humano porque si no lo hacemos, estaremos condenados a repetir esta desgracia.

Debemos votar. Convencidos o no. Hay que votar. ¿Qué están preparando la trampa? Seguramente.  No serían quienes son si no lo hacen pero hay que votar.  Dejar de hacerlo es rendirse. Bajar la cabeza. Aceptar que ya no hay nada por que luchar.


Yo el 6 de Diciembre voto. En contra de este desastre.  En contra del horror que vivimos.  Y todo el que no está a gusto debería votar.  Vote sin mirar si es que los candidatos de la oposición no lo convencen. Así lo haré yo pero vote. Por sus hijos, los míos,  por todos, vote.  Porque ya llegamos hasta aquí y, en este punto no nos podemos rendir.

sábado, 14 de marzo de 2015

Sobre el acoso escolar

Detrás del acoso escolar hoy día, hay realidades terribles que deben enfrentar las familias tanto del acosador como del acosado. Acosadores que son víctimas de la violencia de su propia familia, ya sea por acción o por simple abandono. Acosados que deben enfrentar el golpe constante a su autoestima que se va resquebrajando y haciéndolos débiles.

El acoso hoy día no es el antiguo chalequeo o chiste: es agresión constante, humillación, amenaza, intimidación. Puede ser directa, a través de las redes, en grupo. Es VIOLENCIA en su más alta expresión llevada a cabo por seres que a veces no alcanzan ni los 10 años de edad.

No desatienda los llamados de sus hijos cuando le dicen: fulano me molesta y usted solo atina a contestar "dale su carajazo para que aprenda" porque usted, cómodamente lo está enviando a ganar una guerra a puños frente a un gigante que lleva una carga de odio y problemas inmensa y lo descarga sobre su hijo.

ESCUCHE, averigue, pregunte. Los amigos de sus hijos le pueden dar información que su hijo calla por miedo. Otros padres le pueden dar indicios de maltratos que usted desconoce. vaya al colegio. EXIJA que velen por la integridad de su hijo y no que volteen la cara como hacen muchos planteles.
Y les digo aquí que no lo hacen porque el acoso no se pueda probar: evitan los procesos legales porque de ahí pueden derivar medidas sancionatorias contra el plantel por negligencia y no les conviene.

Crie a sus hijos con amor, enséñeles a ser tolerantes, sin prejuicios, sin violencia, que aprendan el arte de la palabra para arreglar sus diferencias. Que conozcan sus derechos y los defiendan entendiendo que lo mismo deben hacer para defender a otros en desventaja. Eso no los eximirá de ser víctimas de acoso pero si les dará herramientas para sortear ese episodio con éxito.

Si lamentablemente su hijo resulta ser un acosador: SEA HUMILDE Y RECONOZCALO. Ayúdelo. Su violencia es un grito de ayuda y es su responsabilidad atenderlo. Revise su núcleo. Repare las heridas. Reconstruya a su hijo y usted mismo.

La violencia que nos invade en todos los ámbitos no es más que el signo de lo mucho que nos hemos alejado del camino correcto como sociedad. De lo mucho que hemos abandonado los valores y los terribles errores al criar hijos como matas de caraota, alegando "ellos se adaptan a todo" y pensando que un teléfono, un viaje sanan todo.
Haga su parte. Construya mejores seres humanos desde la cuna.

sábado, 11 de octubre de 2014

Corazones que caminan

Tenía 18 años cuando conocí a Cristina. No voy a negar que me impresionó verla en silla de ruedas con mi misma edad y la vida por delante pero esa impresión se disipó con su sonrisa, ánimo y soltura que me hizo pensar que, sí ella podía pasar por alto ese "detalle" pues yo también.

No sé sí fue en ese momento o como dos horas más tarde que nos convertimos en mejores amigas, hermanas del alma y nació un lazo imposible de romper. Compartimos cualquier cantidad de cosas, desde la cama trasnochadas, pasando por ropa, zapatos, maquillaje y novios.

Inventamos todo tipo de excursión asombrosa y, como todo a esa edad nada nos parecía ni imposible ni peligroso. Desde montar moto (sí, moto...ni pregunten como fue) hasta lanzarnos por un tobogán. Todo entraba en planes.

Reímos juntas, fumamos juntas, tomamos café en exceso, lloramos cuando la situación lo ameritaba y nos consolamos como cachorritos llorones. Escribimos cartas, nos tomamos fotos, etc.

Como todo en la vida, las decisiones hicieron que nuestros caminos se apartaran un poco pero nunca, nunca olvidándonos ni dejando el cariño de lado.

28 años después miro hacia atrás y me doy cuenta de que aquel detalle, el de la silla nunca la detuvo para nada ni la detiene hoy día. Puede que la retrase pero nunca la vence.

La he visto llorar pocas veces por eso y cuando  ha ocurrido sólo he podido ponerme en sus zapatos y entenderla porque su realidad la golpea de frente de vez en cuando y sé que no quiere lastima sino empatía. La fuerza le sobra.

Ser parte de su vida y ella de la mía me ha enseñado que querer es poder. Que las discapacidades son relativas en los seres humanos porque he visto gente en plena forma pero discapacitados del alma.
Aprendí que nada es casual, todo causal y nos encontramos para entender mejor nuestras vidas porque ver el mundo a través de sus ojos es una experiencia única.

Me ha enseñado que el amor propio y la voluntad son producto de la firme convicción de que uno vale, uno puede más allá de la opinión de terceros o, en su caso de un mal chiste de la vida que la puso en esa silla.

Cristina sólo no puede caminar con sus piernas pero con su corazón llega a donde quiera porque allí está su esencia.


La próxima vez que la vida lo coloque al frente de una persona como ella, quítese el sombrero, despójese de la lastima y prepárese para aprender una lección de vida muy valiosa.

viernes, 5 de abril de 2013

La señora Erika



La señora Erika vivía en la planta baja de mi edificio junto con su hija (a quien difícilmente recuerdo) y su esposo de quien guardo su recuerdo claro. Un señor bajito, de traje oscuro que siempre caminaba lento y algo encorvado.

Ambos eran personas bastante reservadas y para una adolescente como yo, parecían más bien duros, hoscos, secos. Tenían un apartamento pulcramente ordenado (me percataba de eso al pasar por su puerta cuando estaba abierta) y su tono de voz europeo,  en un idioma extranjero era ya un sonido familiar para mí.
Vivían allí desde antes de que yo naciera pero realmente creo que me percaté de su existencia cuando ya cerca de los 16 años, la señora Erika era viuda y entonces ocupaba más tiempo que el habitual a vigilar de cerca los pasos de muchos en el  edificio, incluido los míos.

Abría la micro puerta de madera en su puerta principal como en todo edificio antíguo para ver quien entraba y salía, a que hora y con quien y siempre tenía un comentario, tal y como un día me preguntó a donde iba y a que hora pensaba regresar.  Ciertamente me molestaba aquello: ¿qué le daba derecho a espiarnos así sin piedad? ¿Y por qué?

Los días, meses y años pasaron y llegó la furia del tejido a mis manos. Montones de amigas  habían aprendido este arte milenario y yo me moría por hacer y lucir un suéter hecho por mí misma. Apelé a la vecina de al lado, una italiana que sabía tejía para que me ayudara ya con mis agujas y mi  hilo en mano y ella, con su acento  que jamás ha perdido me dijo: Vamos para que Erika te enseñe.

Yo dudé pero era mi deseo de aprender mayor que mis reservas, así que me enfilé con ellas en ese proceso educativo y aprendí mucho más que a tejer. Descubrí que Erika tejía sin ver las agujas, magistralmente y a gran velocidad. Las colocaba cada una bajo sus brazos y comenzaba a tejer sin parar. Sabía todos los puntos, formas, trucos habidos y por haber y no había algo que no tejiera.

En una de esas tardes mientras avanzaba con mi suéter rojo (el único que al final tejí), Erika comenzó a contar como había aprendido a tejer de niña y luego, sin pausa relató como el tejer le salvó la vida emocionalmente a muchas niñas en el campo de concentración donde estuvo durante la Segunda Guerra Mundial.

Me contó que las mujeres hacían agujas con trozos de madera de las paredes de cada barraca donde las agrupaban y hacían que las niñas aprendieran a destejer y tejer nuevamente su ropa para ocupar el tiempo y no perder la razón. Me enseñó su número en el brazo, que se quedó allí por siempre identificándola como una judía más, culpable de nada.

Confieso que en aquel momento me conmocionó, me emocionó y me confundió pero a partir de ese día comencé a mirarla distinto. Empecé a entender un poco más su forma de ser que parecía tan molesta  a veces  y me dí cuenta que un ser humano que sobrevivió a ese infierno tan atroz seguramente necesitaba más del calor humano que cualquiera.

Probablemente, el vigilar al resto del edificio era parte de su necesidad de sentir que vivía en paz  y regañar a los niños era solo un resabio de aquella terrible responsabilidad de proteger niños en ese infierno.

Pasaron los años y ya, estando muy viejita, con andadera y todo seguía vigilante de todo pero ya no me molestaba. Me pedía que a ayudara a caminar un rato en el pasillo y se apoyaba de mi brazo y quería que su hija le comprara mi perfume porque le gustaba mucho ese aroma.

Finalmente, Erika murió tras muchas complicaciones de la vejez y no pude más que sentir que al fin había descansado, se  había ido con su esposo que era su compañero y había dejado este mundo que le marcó en forma indeleble en la piel y el alma con tantos horrores.

Hoy, cuando vivo en un país donde la división se acentúa cada día más no puedo dejar de pensar en ella, las heridas que la división de una sociedad dejaron en su vida y rezo, simplemente rezo porque encontremos una vía para no llegar a eso jamás.

martes, 18 de diciembre de 2012

Cuando la caridad combina con la cartera y los zapatos



Arrancando el año escolar, desempolvé mi cara de gente seria y mis mayores deseos de hacer algo útil por el colegio de mis hijos movida por el mismo impulso que me llevó a estar 3 años “ad honorem”  en el condominio de mi edificio: ese sentimiento de que uno no puede pasar por esta vida y no dejar huella, involucrarse, ser parte del cambio.

Así que en la primera Asamblea como todos los años fui, escuché, revisé cada papelito que me dieron y ¡sorpresa! Este año además tenía premio extra con la aparición de la Resolución 058 y su trabajo a cuestas.  Me anoté en la consabida lista de delegados de curso, me leí reglamentos, escritos, volantes, cualquier cosa impresa sobre el tema y me dispuse a colaborar.

Llegado el día de la primera reunión seria de la Sociedad de Padres y Representantes (que  en muchos colegios casi parece parte de una sociedad masónica milenaria por el secretismo), estaba en la tercera fila, con mi bolígrafo y papelito a mano y mil preguntas y propuestas basadas en la problemática actual del colegio cosa que, pensaba yo era de lo más importante a tratar.

Saludos, punto 1, punto 2, una escaramuza, solución, punto 3, punto 4 y llegamos a la tradicional y gran acción de caridad del año con las niñas sin techo a las cuales la congregación da abrigo. Antes de seguir, aclaro que no tengo nada en contra de la caridad, por el contrario apoyo toda causa llevada en forma legítima y desinteresada a favor de quien lo necesite pero es que lo que vi a partir de aquí, supera cualquier película de Almodovar y El Chiguire Bipolar juntos.

La reunión se centró en una fiesta de Navidad para los pobres con regalos incluídos basados en una donación “voluntaria” ya establecida en números y artículos para cada padre.  Se debatió porqué fiesta para ellos y no para nuestros niños pero la respuesta fue un escueto: “los niños deben vivir la pobreza para sensibilizarse con sus necesidades” (mientras se agregaba a la lista de cosas a regalar a los pobres un tv 42¨) y así seguimos en una “party planning” extenso. 

Como estaba dispuesta desde el principio a colaborar, me anoté a recaudar el dinero y hacer compras necesarias y me lanzaron mi lista de regalos “sugeridos obligados”: sábanas, toallas, ropa de calle, de noche, zapatos, relojes, etc. en juegos de 25. Recolecté el dinero que gustosamente los padres accedieron a darme sin criticar la cantidad ni a los que no quisieron o pudieron. Siempre he creído que la caridad nace y no se puede forzar.

Con mis realitos a cuesta, hice mi modesta compra (no es fácil tooooodo eso con 900 Bs. en tiempos de crisis) y me fui al Centro de Acopio convencida de que las hermanitas de la caridad voluntarias estarían felices porque, aunque poco era bueno. Cual  fue mi sorpresa al encontrar a un grupo de gárgolas echando pestes sobre las donaciones recibidas, con frases tales como: “le pedimos 70 y nos dio 50, ¡que miserableeee!!!” y pare usted de contar, criticando la supuesta buena posición económica de todos razón por la cual debían dar eso y más y llenándose de flores, auto alabándose con su obra y su “misericordia”.

Entregué mi parte y me retiré sintiendo que en vez de haber hecho un acto de caridad, había entrado al inframundo entre las patas del Cancerbero  junto con Ades y su Combo.

Esa sensación de que la caridad se desfiguraba y se convertía en algo que daba status, “caché”, nombre y hasta pasajes en primera clase al cielo es más o menos la misma que sentí  frente a los sacrificados rescatadores de animales que se sienten a un paso de figurar junto a San Francisco de Asís en el próximo almanaque de los hermanos Rojas, special edition o junto a las sosegadas damas de la iglesia que juntan ropa para los necesitados, pero primero revisan y se quedan con lo mejor y el resto lo regalan.

Comprobé que vivimos en una sociedad donde la caridad no es un acto de fe y amor al prójimo en muchos casos. Es un accesorio de moda, algo que nos coloca por encima de otros “miserables” que no son como nosotros pero que, dantescamente tiene cuotas, status, requisitos y grados para su calificación. 

Se puede ser  MUY caritativo y hacerse propaganda uno mismo para figurar como toda una estrella de la compasión repartiendo cosas a una causa X, en fecha X y para que me vean fulano y zutana. Otros prefieren  salvar perritos e insultar al resto del mundo porque no lo hacen y así, hacerse una reputación sólida en el ramo y hay quienes simplemente, les encanta un cotilleo, una obra, un acto social y se anotan en mucho aunque no estén sensibilizados ni un gramo con esa realidad.

Esos grupetes son aquellos que año tras año se llenan la boca con su caridad y misericordia, que juzgan la capacidad de dar de los demás olvidando la parábola aquella sobre la limosna del rico y la anciana pobre, que dan y dan pero para que las vean y en su casa, su espacio son estériles y que se flagelan diciendo siempre con una sonrisa, zapatos y bolso a tono donde las vean: es que somos muy sensibles con los necesitados.
Afortunadamente, no todos son así y siguen y seguirán existiendo aquellos que realmente practican la caridad. Aquellos que en silencio, de corazón dan su vida, su tiempo para ayudar a otros. Aquellos que entienden el valor de una donación por más pequeña que sea y siempre tienen una palabra de agradecimiento en los labios. Seres invisibles que actúan como verdaderos ángeles sirviendo.

Los vemos en la vecina que siempre tiene algo de comida para los demás, el que tiene ropa para quien la necesite, aquella que cuida los niños de todos o el que te da la cola aunque sea a dos cuadras del infierno. En las miles de obras silenciosas donde se forman seres humanos maravillosos  de niños sin hogar y amor. Seres de luz, de amor, de caridad en todo su sentido y esos no necesitan luminarias porque brillan con luz propia.



miércoles, 3 de octubre de 2012

De supermujer a superfeliz



Hoy hablaré de las mujeres pero no de cualquiera. Será de las “supermujeres”, las 4x4 bautizadas así por Carlos Fraga, las que son “demasiado para cualquier  hombre”, las que terminan muchas veces solas preguntándose a media noche que pasó.

Conozco varias de esa nueva especie de mujeres de este siglo. Seres altamente competitivos, con logros profesionales superiores a los de cualquier hombre de su entorno, solvencia económica envidiable y belleza física suficiente para hacer voltear la cara a muchos en la calle. Extrañamente, todo el marco teórico que las acompaña muchas veces termina siendo inútil cuando de relaciones de pareja se trata y se ven envueltas en una larga y complicada vida amorosa donde siempre terminan solas, sintiendo que sus expectativas no fueron satisfechas y esperando nuevamente por el próximo príncipe que cumpla con sus aspiraciones.

Muchas se niegan a reconocer que esperan un príncipe: “eso es pasado de moda “ “yo estoy por encima de eso”  pero siguen suspirando bajito cuando ven una película romántica a medianoche porque somos mujeres y nuestra genética no miente: en mayor o menor grado, nos gusta ser tratadas como princesas.

Pasa el tiempo y su caja de objeciones para todos los pretendientes va llenándose de papelitos con variados argumentos: muy alto, muy flaco, muy viejo, muy joven, mucho dinero, poco dinero, muy dependiente,  desapegado, caballeroso, bestia, etc., etc. y así tienen una larga lista que con el tiempo olvidan revisar y solo llenan sin darse cuenta que muchas de esas objeciones solo responden a miedos internos de cada una y no a características de su pareja. 

“No me deja respirar” podemos escuchar pero muchas veces lo que les molesta no es la devoción del individuo sino el miedo a perder su autonomía, su espacio, su intimidad cultivada tanto tiempo con ella misma.

“Yo soy mejor que él “ dicen otras y probablemente eso les importa un pepino, lo que las mueve es el temor  de escoger mal socialmente hablando.

“No necesito un hombre para nada, solo alguien que me acompañe, yo puedo con todo” es repetido mil veces por algunas como para reafirmar día a día que son independientes y nadie les robará ese logro. Así pasa el tiempo, siguen solas y muchas se niegan a revisar su interior y asumir su cuota en esa situación. 

A todas esas mujeres que encajan en esta descripción y se sienten al final, infinitamente solas les puedo decir que dependen de ustedes y solo de ustedes que eso cambie radicalmente. La clave está en comenzar a bajar del pedestal en el cual nos hemos subido tantas veces, muchas demasiado alto que nos ha impedido ver de cerca la realidad de la vida en pareja. 

Corriendo tras la tan alabada liberación femenina, independencia, equidad de sexos y demás cositas sexistas  muchas han olvidado su propia esencia como mujeres que no las hace inferiores: las hace perfectas, mujeres puras, seres únicos que nunca se pueden equiparar al hombre en lo que de femineidad se trata.

Igualmente, es hora de entender que la naturaleza del hombre también necesita su espacio, su reconocimiento, su puesto para poder actuar adecuadamente en pareja.

El hombre y la mujer pueden alcanzar igualdad a nivel profesional pero nunca como pareja no porque uno sea inferior que el otro sino porque son completamente distintos y nacieron para complementarse, acoplarse.
Mujeres, sus parejas  requieren ser necesitados por ustedes más de lo que ustedes mismas creen. Déjelo arreglar la lámpara, el fregadero o cualquier otra cosa aunque lo haga horrible porque él necesita cumplir con su rol de protector como su naturaleza se lo pide. Usted no perderá nada, sus uñas se mantendrán impecables y su pareja se sentirá plena.

Mujeres, compartir con su pareja, acoplar actividades, hacer concesiones de tiempo y espacio no es rendirse a su dominio, es aprender a vivir juntos. Luchar a brazo partido por vivir independientemente 100% en pareja es contradictorio totalmente. La vida en pareja necesita de cierto grado de fusión, de integración para prosperar y si ustedes se niegan en nombre de defender su autonomía, van destinadas al fracaso.

Mujeres, la maternidad no es el fin de sus vidas independientes. Puede ser el primer paso para ser mujeres más completas, profundas y ricas interiormente si dejan de temerle y verla como una cadena eterna.  

Mujeres, todos los hombres tienen  defectos, grandes y chiquitos pero ustedes son el mismo saco de defectos del otro lado del espejo. No es que acepten a cualquiera pero antes de desecharlo porque “no se puede vivir con él” piense si usted viviría consigo misma, honestamente y evalúe desde allí las características de su pareja.

Vivir con alguien no es fácil y menos con alguien que ni familia de uno es, como dijo una amiga pero se convierte en un arte fascinante cuando dejamos de poner toda la responsabilidad del éxito de la relación en el otro y empezamos por cargar nuestro saco de tareas.

Sea mujer, sea todo un éxito, supere sus expectativas y las de los demás pero lo más importante: sea feliz porque una vez desvestida de sus éxitos, el único traje que nadie puede robarle es la sonrisa.